"Jehová no es lento respecto a su promesa,
como algunas personas consideran la lentitud,
pero es paciente para con ustedes
porque no desea que ninguno sea destruido;
mas bien, desea que todos alcancen el arrepentimiento".
No hay duda que el amor que siente un padre por su hijo es maravilloso. Siendo humanos ese amor es tan enorme, tan imponente, colosal, que no puede medirse. Imaginemos entonces cuanto es el amor de Dios hacia sus hijos. Estamos hechos a la imagen y semejanza de Dios [Génesis 1, 27], por lo tanto poseemos las cualidades más bellas de Dios: el amor, la misericordia, la compasión (aunque, estas últimas ¿no son también una forma del amor?). Amamos, pero ¿nuestro amor es parecido al amor de Dios? El amor de Dios es paciente, es leal, es bondadoso, no es orgulloso, ni grosero, ni egoísta, no se enoja ni guarda rencor [ 1 Corintios 13, 4-5 ], es el amor perfecto. ¿No nos dio Jehová Dios la ley del amor? ¿No lo puso Él por encima de otros dones como la fe y la esperanza? [1 Corintios 13, 13] Si amamos somos libres, pues al amar queremos acercarnos a la fuente del amor verdadero pues “Dios es amor” [ 1 Juan 4,8 ] y si nos acercamos a Dios, Dios se acercará a nosotros [ Santiago 4:8 ]. ¿No es acaso Jehová Dios, Padre Nuestro (1) ? Recordemos esa bella historia, donde un hijo arrepentido de haber malgastado el dinero de un padre bueno y tolerante, regresa desengañado y arrepentido por haberlo ofendido, entonces el padre emocionado, feliz hasta lo indecible (2), no le recrimina ni lo condena, sino que sabe que su arrepentimiento es sincero y hace una fiesta por él, el hijo perdido y recuperado [ Lucas 15, 11-32 ] ¿No es hermoso ese amor de Padre que perdona al que se arrepiente sinceramente, sin recriminaciones? Pues de todo esto seguramente brota una duda en nuestros corazones, ¿Jehová Dios es capaz de dar tanto amor? No olviden que Él es Todopoderoso y hace según su voluntad. Él no quiere multitud de sacrificios, sino que hagamos justicia a los seres marginados, las viudas y los huérfanos, como muestra de nuestro arrepentimiento y luego “si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana”. [ Isaías 1, 18 ]
El Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras. El Gran Jefe también nos envía palabras de amistad y buena voluntad. Apreciamos esta gentileza porque sabemos que poca falta le hace, en cambio, nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta, pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego y tomarse nuestras tierras. El Gran Jefe de Washington podrá confiar en lo que dice el Jefe Seattle con la misma certeza con que nuestros hermanos blancos podrán confiar en la vuelta de las estaciones. Mis palabras son inmutables como las estrellas.
El aire es algo precioso para el hombre de piel roja porque todas las cosas comparten el mismo aliento: el animal, el árbol y el hombre. El hombre blanco parece no sentir el aire que respira. Al igual que un hombre muchos días agonizante, se ha vuelto insensible al hedor. Mas, si os vendemos nuestras tierras, debéis recordar que el aire es precioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con toda la vida que sustenta. Y, si os vendemos nuestras tierras, debéis dejarlas aparte y mantenerlas sagradas como un lugar al cual podrá llegar incluso el hombre blanco a saborear el viento dulcificado por las flores de la pradera.
Aún el hombre blanco, cuyo Dios se pasea con él y conversa con el -de amigo a amigo no puede estar exento del destino común-. Quizá seamos hermanos, después de todo. Lo veremos. Sabemos algo que el hombre blanco descubrirá algún día: que nuestro Dios es su mismo Dios. Ahora pensáis quizá que sois dueño de nuestras tierras; pero no podéis serlo. El es el Dios de la humanidad y Su compasión es igual para el hombre blanco. Esta tierra es preciosa para El y el causarle daño significa mostrar desprecio hacia su Creador. Los hombres blancos también pasarán, tal vez antes que las demás tribus. Si contamináis vuestra cama, moriréis alguna noche sofocados por vuestros propios desperdicios. Pero aún en vuestra hora final os sentiréis iluminados por la idea de que Dios os trajo a estas tierras y os dio el dominio sobre ellas y sobre el hombre de piel roja con algún propósito especial. Tal destino es un misterio para nosotros porque no comprendemos lo que será cuando los búfalos hayan sido exterminados, cuando los caballos salvajes hayan sido domados, cuando los recónditos rincones de los bosques exhalen el olor a muchos hombres y cuando la vista hacia las verdes colinas esté cerrada por un enjambre de alambres parlantes. ¿Dónde está el espeso bosque? Desapareció. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Así termina la vida y comienza la supervivencia.