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5 de marzo de 2024

AUDIODRAMA: REBECO LA OVEJA DESOBEDIENTE


En este cautivador relato, Rebeco se ve seducido por la llamada de la aventura, pero ¿a qué precio? Engañado por el astuto león que se ha disfrazado para alejarlo del rebaño, Rebeco se debate entre seguir las advertencias prudentes de sus amigos, Daniel y Sofía, o ceder ante la tentación de lo desconocido.

En medio de esta encrucijada, la cerca que los rodea se convierte en un símbolo de seguridad y protección, mientras que el pastor representa el vínculo con la estabilidad y el cuidado. ¿Podrá Rebeco resistir la llamada de lo desconocido y permanecer dentro de los límites del rebaño, o se aventurará a ir más allá, en busca de nuevas aventuras?

Sumérgete en este viaje emocionante lleno de peligros, amistad y la eterna lucha entre el bien y el mal.



 

24 de diciembre de 2015

Relato: ¿Dónde esta mi abuelito?



Mira – dijo señalando un pequeño punto en el jardín.
-  Es una flor de manzanilla - dije -. Seguramente la trajo el viento.
-  ¿Y de dónde la trajo?
-    No lo sé, pequeña.
-  ¿Y qué le va a pasar a la flor?
La miré durante un instante y pude ver la tristeza arremolinándose como nubes dentro de sus pupilas.
-  No te pongas triste. Mira – dije, sacando un pañuelo del bolsillo – vamos a guardarla aquí.
- ¿Se va a poner bien? ¿Podemos sembrarla? ¿Podemos?
-  Podemos colocarla entre dos hojas...
- ¿Dos hojas? 
-  , princesa, hojas como las que tú utilizas para hacer tus dibujos, ¿recuerdas?
Asintió con la cabeza.
-  ¿Y luego?
- Luego, la guardaremos en una cajita de madera para recordar siempre lo hermosa que era.
- ¿Así hacen cuando alguien muere?
- No, corazón. Cuando alguien muere lo entierran. ¿Sabes qué es eso?
- Es cuando a una persona la cubren con tierra, ¿verdad? ¿Mi abuelito... cuando murió lo enterraron?
- Sí, cariño.
- ¿Y dónde está mi abuelito? 
- Cuando una persona muere, pequeña, el espíritu que estaba en su cuerpo desaparece, ya no existe.El cuerpo se queda vacío.
- ¿Vació? ¿Y dónde va su espíritu?
-  A ningún lado, cariño. ¿Recuerdas que tu papí te enseñó lo que dice la Biblia sobre eso?
- Hummmmm.- dijo, frunciendo los labios.
- ¿Leyla? Oh, pequeña, ven – dije, pero ella ya se había arrodillado al lado de la pequeña flor.
- ¡Era tan pequeñita! – dijo, tomado la florecilla entre sus dedos –. ¡Y tan delicada! – susurró, acariciándola, mientras el polen se impregnaba entre sus dedos como granos diminutos de arena. Me miró un instante.
- ¿Podemos sembrarla? – preguntó de repente.- ¿Podemos, Julius?
- Oh, pequeña Leyla. 
La observó brevemente. Aspiró por última vez su perfume, y llevándola delicadamente entre las palmas de sus manos, abrió un pequeño hoyo en el borde del jardín y la enterró allí. Luego volteó hacía mí y dijo:
- Aunque no lo creas, Julius, yo sé que volveré a ver a esta flor en la resurrección,  junto a mi abuelito.
    Y se marchó satisfecha hasta donde un grupo de niños jugaba animadamente bajo el amoroso amparo de sus madres. 

16 de diciembre de 2015

Relato: Como una niña traviesa


Como una niña traviesa sorteaba a los rivales sobre el campo de tierra mientras el balón viajaba entre sus pies. Avanzaba con una sonrisa en los labios. Y cuando levantaba los ojos podía ver un mundo poblado de cielos azules. Su sonrisa era un fuego que se escribía en el viento como una suave caricia, y yo quedaba sin aliento viéndola saborear la vida. Si pudiera detener este instante, pensaba, y me lanzaba tras ella, tratando de alcanzar su alegría. Mi corazón era una isla donde sus ojos eran mi tesoro.
Algunos años atrás había sufrido un accidente que le complicó la movilidad de uno de sus pies, pero  eso ahora le daba una graciosa forma de andar.
- Pareces un patito - le decía yo. Y ella sonreía. 
Tenía una forma peculiar de hacerlo todo. Un modo suyo, muy suyo. Paciencia y alegría. Parecía que cada cosa que ella tocaba se impregnaba de su aroma, de su manera de ser. Iba por aquí y por allá, dejando una estela de estrellas que solo yo podía ver. El viento se llevaba su risa y mi corazón iba tras ella. 
- Aquí, aquí - gritaba pidiendo la pelota.
- Ten cuidado - susurraba yo a lo lejos. 
Trastabilló y yo preguntaba "¿estás bien?", y ella "sí, no te preocupes", se levantaba y proseguía con una sonrisa en los labios. Era muy hermoso ver a las hermanas jugando fútbol, divirtiéndose como pequeñas niñas. Ella intentaba hacer un amague mientras la pelota impaciente se alejaba. Daba un puntazo y gol. El horizonte se iluminaba. 
Mi corazón no podía dejar de sonreír. Después de tantos años, sentía que había llegado al fin a casa. 


13 de diciembre de 2015

Relato: Esperando


El viento soplaba suavemente en la colina, mientras esperábamos que se abriera la puerta. 
- ¿Por qué no tocas de nuevo? 
A lo lejos, el horizonte parecía incendiarse con las ultimas luces de la tarde. El aroma suave de los geranios se desprendían desde los maceteros colocados al pie del pequeño balcón. El piso terroso apenas si mantenía las huellas de nuestros pies. 
- No responde - dije, después de haber tocado por segunda vez-. Debe de haber ido a casa de su papá. Generalmente va a visitarlo los domingos.
- Pero ya es tarde. ¿Le habrá pasado algo?
- No, no lo creo. Mira, las luces están apagadas y hay una pequeña aldaba. No hay nadie en casa - sentencié.
- ¿Nos vamos?
- Aún nos queda algo de tiempo antes del siguiente estudio. Qué te parece si lo esperamos un poco. Quizá esté por llegar. 
Ella asintió con la cabeza y me alcanzó la Atalaya que estaba ojeando. 
- Mira, este mes es el último que vienen juntas - dijo, separándola de la Despertad.
Recordé cuando lo anunciaron en el Salón del Reino. Ya lo había leído en la JW, pero de igual manera no dejo de reavivar mi sorpresa. Pero era entendible. Eran otros tiempos. La información se movía más por el internet y los medios digitales. 
- Así se podrá invertir el dinero en otras publicaciones - me señaló ella en aquella ocasión.
A lo lejos podía ver los barcos anclados en el puerto. El crepúsculo se resistía a desaparecer. Aunque ya los bordes oscuros de la noche nos cubrían, en el horizonte, rojas lenguas de fuego parecía alzarse hasta besar las nubes estilizadas. Miré el camino recorrido. Habíamos tenido que abordar un bus y luego una moto para llegar hasta la pequeña plaza; caminar unos cien metros hasta el borde del cerro, subirlo a trechos, deteniéndonos a retomar el aliento, pues por la mañana habíamos hecho varias rutas parecidas. 
- ¿Estas bien? - le preguntaba de cuando en cuando. Ella respondía con un breve sí y tomaba un sorbo de su agua embotellada.
- ¿Estas seguro que no te llamó? 
- No, no tiene cel.
- ¿Y no te escribió a tu facebook? De repente te aviso que no podía llegar.
- No, no lo hizo.
Ambos miramos los oscurecidos geranios mecidos por el viento. Parecía que la oscuridad le conferencia una cierta tristeza casi animal. Sacudimos nuestra ropa al levantarnos.
- Déjale un tratado.
Saqué un tratado de mi morral y lo coloque en un resquicio de la puerta de madera.
- No te preocupes - dije - no se lo llevará el viento. Esta bien sujeto.
- Ya debemos ir donde la señora Sonia. ¿Tienes su número de teléfono?
Negué con la cabeza 
- Espero que esté en casa
- Yo espero que tenga tiempo -  dije tratando de sonreir. 


12 de diciembre de 2015

Relato: Layla



- ¿Qué sientes al predicar?, preguntó una pequeña niña. 
- Hum, no lo sé.
- Si no sabes ¿porque lo haces? - dijo abriendo sus pequeños ojos caramelo.
- No, no es eso - trate de defenderme - es simplemente que se sienten demasiadas cosas en el corazón que es difícil expresarlas. Es difícil decir todo lo que uno siente al predicar, ¿entiendes?
- Hum - dijo mientras movía la cabeza de un lado a otro y desviaba la mirada.
- Mira - pensé un momento -. Predicar es como sentir una fiesta de frutas en el alma, abrir un rincón maravilloso de tu corazón que estaba escondido al mundo, descubrir una habitación llena de tesoros dentro de tu casa, algo que tú ni siquiera intuía que tenías y que te hace feliz, algo que siempre estuvo ahí, dentro de ti. 
La pequeña me miró de reojo, estiro su manita pequeña, pequeñísima, tocó mi mejilla tostada por el sol y preguntó: 
- ¿Porqué sudas tanto?
- Es que acabo de llegar de predicar - le dije -. Cuando tu seas mayor y salgas a predicar con tus papis también sudarás. Aunque a las pequeñas princesas como tú, siempre su papi las lleva en brazos. 
- ¿Para predicar hay que sudar? Hum - se quedó pensativa durante un instante y luego añadió -. Entonces no quiero predicar. 
Sonreí.
- No, claro que no. No necesariamente tienes que sudar, pero los Testigos de Jehová vamos a lugares lejanos. Predicamos en las playas del Congo a los pescadores, a los granjeros en las verdes praderas de las islas Azores, a los habitantes de las montañas de Albania o sentados, en una banca de la calle Nikoslkaya en Moscú, o incluso aquí...
- ¿Eso es lejos?
- Sí, pequeña. Son muchos lugares lejanos.
- ¿Tanto caminaste?
- No, no lo hice sólo, pequeña - toque su naricita respingada -. Somos mas de ocho millones de Testigos en todo el mundo. Y cada uno predica en distintos lugares, con distintos climas. Algunos bajo el sol, como yo; otros, sobre una fría capa de nieve; algunos lo hacen por teléfono, otros, por correo, en barcos, en todo lugar y medio posible.
De repente soltó un pequeño bostezo.
- ¿Chocolate? - preguntó, desinteresada. 
- No, pequeña, no traje mi bolsa de caramelos - dije sonriente -. Voy a comprarte uno. 
- No. Cárgame.
- ¿Quieres que te lleve a comprar el chocolate? 
Asintió con un mohín de cabeza. Busque con la mirada a su madre y le dije que la llevaría a comprar. La cargué entre mis brazos. Pesaba menos de lo que pensaba. Las niñas de su edad no solían pesar mucho más que ella, pero a veces olvidaba que Layla apenas tenía tres años. No los parecía. Tenía una inteligencia precoz. Colocó sus bracitos alrededor de mi cuello y sentí su respiración tenue. 
- ¿Layla? - la llamé suavemente. Estaba dormida. Regresé con ella. Su madre la recibió entre sus brazos. Pasé mi mano entre sus cabellos, le di mi bendición. Luego, me acomodé la corbata, me alisé la camisa, mientras pensaba en su pregunta: ¿para predicar debo sudar tanto?
Sí, mi pequeña Layla, para ser Testigo de Jehová hay que sudar tanto. ¿Y sabes por qué? Porque el tiempo es corto y hay que advertir a la gente. Que Jehová te bendiga, pequeña.