16 de febrero de 2016

¿Estamos predestinados?




Algunos creen que el destino es lo que determina el día de su muerte; otros creen que es Dios. Pero unos y otros concuerdan en que hay acontecimientos claves en su vida que no pueden evitar. Y usted, ¿piensa igual?
Reflexione por un momento. Si de verdad no podemos influir en nuestra vida porque Dios o el destino ya han establecido cómo será, ¿qué sentido tiene orar? Por otro lado, si ya todo está predeterminado, ¿para qué tomar precauciones? ¿De qué sirve utilizar el cinturón de seguridad en un automóvil, o no conducir bebido?
Pero ¿qué dice la Biblia al respecto? Para empezar, no tolera la conducta temeraria bajo ningún concepto. Los israelitas de la antigüedad no dejaban las cosas en manos del destino, pues la Ley les enseñaba la importancia de ser precavidos. Entre otras cosas, ordenaba construir un pequeño muro en la azotea de las casas para evitar que alguien se cayera del techo. Pero ¿para qué daría Dios ese mandato si de todos modos la persona estaba predestinada a caer y morir? (Deuteronomio 22:8.)
¿Y qué hay de las víctimas de las catástrofes naturales y otras tragedias que no podemos controlar? ¿Tenían esas personas “una cita con la muerte”? Por supuesto que no. Como señaló el rey Salomón, a cualquiera puede sobrevenirle un “suceso imprevisto” (Eclesiastés 9:11). Sin importar lo extrañas o poco probables que nos parezcan, ninguna de esas desgracias inesperadas está predeterminada.
Con todo, algunos opinan que Salomón se contradice, pues antes había dicho: “Para todo hay un tiempo señalado, aun un tiempo para todo asunto bajo los cielos: tiempo de nacer y tiempo de morir” (Eclesiastés 3:1, 2). Pero ¿apoyan estas palabras que el día de nuestro nacimiento y el de nuestra muerte están predeterminados?
No. Con estas palabras, Salomón indicaba que, como tantas otras cosas en la vida, los nacimientos y las muertes suceden todo el tiempo. No cabe duda de que en la vida habrá buenos y malos momentos, o como dijo Salomón, “tiempo de llorar y tiempo de reír”. Así que él estaba mostrando que tanto las desgracias imprevistas como esos sucesos que se repiten afectan “todo asunto bajo los cielos” (Eclesiastés 3:1-8; 9:11, 12). Por eso, llega a la conclusión de que no deberíamos dejarnos llevar por las ocupaciones del día a día hasta el punto de olvidarnos de nuestro Creador (Eclesiastés 12:1, 13).
En realidad, aunque Dios tiene autoridad sobre la vida y la muerte, no nos impone un destino. La Biblia indica que él nos ofrece a todos la posibilidad de vivir para siempre. Pero no nos obliga a aceptarla. Al contrario, en su Palabra dice: “Cualquiera que desee, tome gratis el agua de la vida” (Revelación [Apocalipsis] 22:17).

En efecto, para tomar “el agua de la vida”, debemos querer hacerlo. Así pues, nuestro futuro no depende del destino. Por el contrario, nuestras decisiones, actitudes y acciones pueden influir mucho en el futuro que tengamos.

Fuente: 15/1 - Atalaya 2015

14 de febrero de 2016

¿Les tiene miedo a los muertos?



“¡CLARO que no! —tal vez responda usted—. Los muertos no pueden hacerme nada.” Pero ¿sabía que hay millones de personas que sí les tienen miedo? En muchas zonas del mundo —entre ellas algunos países hispanohablantes— está muy extendida la creencia de que los muertos se convierten en espíritus y pueden volver del más allá.
Por ejemplo, en Benín (África occidental) se cree que los seres humanos tienen una parte espiritual que sobrevive a la muerte y puede regresar para matar a miembros de su propia familia. Muchas personas llegan a vender propiedades o hasta endeudarse para aplacar a los espíritus con ritos y sacrificios. Incluso hay quienes tratan de comunicarse con ellos a través de prácticas espiritistas. Y no es extraño que algunas personas vivan espeluznantes experiencias que atribuyen a seres de ultratumba.
Una de tales personas fue Agboola, quien vive cerca de la frontera entre Benín y Nigeria. Él cuenta: “Aquí el espiritismo está presente en todo aspecto de la vida. Existe la tradición de lavar ceremoniosamente a los difuntos a fin de prepararlos para el mundo de los espíritus. Yo aprovechaba el jabón que sobraba para mezclarlo con unas hojas y elaborar un ungüento. Luego, mientras lo untaba en mi rifle, decía en voz alta qué tipo de animal quería cazar. Este tipo de costumbres son comunes en esta región y parecían dar resultado. Sin embargo, el espiritismo también tiene otra cara, una mucho más aterradora.
”Como dos de mis hijos fallecieron en extrañas circunstancias, yo temía que alguien me hubiera lanzado un maleficio. Así que fui a consultar a un hombre mayor famoso por sus poderes mágicos. Él confirmó mis sospechas y me reveló algo aún peor: que los espíritus de mis hijos iban a convertirse en esclavos de su asesino cuando este muriera. También me dijo que a mi tercer hijo le pasaría lo mismo. Y, en efecto, mi hijo falleció pocos días después.”
Fue entonces cuando Agboola conoció a John, un testigo de Jehová de Nigeria que utilizó la Biblia para aclararle la verdad sobre los muertos. La explicación que recibió le cambió la vida, y lo mismo puede hacer con quienes viven esclavos de este tipo de creencias.

¿Pueden los muertos hacernos daño?

Ningún ser humano, por muchos poderes que afirme tener, está tan capacitado como Jehová Dios para contestar esta pregunta. ¿Por qué? Porque Él es el Creador de todos los seres vivos “en los cielos y sobre la tierra, las cosas visibles y las cosas invisibles” (Colosenses 1:16). Él creó a los ángeles para vivir en el cielo, y al hombre y los animales para habitar la Tierra (Salmo 104:4, 23, 24). Además, todas las formas de vida dependen de Dios (Revelación [Apocalipsis] 4:11). Por tanto, hacemos bien en analizar lo que su Palabra, la Biblia, dice acerca de la muerte.
Las Escrituras muestran que el primero en hablar de la muerte fue el propio Jehová: él les advirtió a Adán y Eva que si le desobedecían, iban a morir (Génesis 2:17). ¿Qué implicaría eso? Lo aclaró más tarde, al decir: “Polvo eres y a polvo volverás” (Génesis 3:19). Por tanto, cuando las personas mueren, su cuerpo se descompone y vuelve al polvo. En efecto, su vida termina por completo.
Adán y Eva decidieron rebelarse contra Dios, y se les sentenció a la pena capital. Sin embargo, los primeros en fallecer no fueron ellos, sino su hijo Abel, quien fue asesinado por su hermano mayor, Caín (Génesis 4:8). ¿Tenía miedo Caín de que su difunto hermano fuera a vengarse? No. Lo que le angustiaba eran las posibles represalias de las personas que sí estaban vivas (Génesis 4:10-16).
Veamos ahora otro ejemplo bíblico que ocurrió muchos siglos después. Ciertos astrólogos informaron al rey Herodes que dentro de sus dominios había nacido el “rey de los judíos”. Esta noticia le inquietó tanto que, para deshacerse de aquel posible rival, mandó asesinar a todos los niños varones de Belén menores de dos años. Pero no logró matar a Jesús, pues un ángel se le apareció a José y le dijo: “Toma al niñito y a su madre, y huye a Egipto” (Mateo 2:1-16).
Cuando Herodes murió, el ángel le indicó a José que volvieran a Israel, “porque [habían] muerto los que buscaban el alma del niñito” (Mateo 2:19, 20). Aquel ángel —que procedía del mundo de los espíritus— sabía que Herodes, una vez muerto, no podía hacerle ningún daño a Jesús. En efecto, José ya no tenía por qué temer a este rey. Pero sí tenía razones para tener miedo de su sucesor, Arquelao. Por eso se llevó a su familia a vivir a Galilea, fuera de la jurisdicción de este tiránico rey (Mateo 2:22).
¿Qué lección aprendemos de estos relatos? Que los muertos no pueden hacernos nada. Entonces, ¿cómo se explican experiencias como la de Agboola?

¿Espíritus de personas muertas, o demonios?

Años más tarde, Jesús tuvo varios encuentros con algunos espíritus malignos. Estos lo reconocieron y lo llamaron “Hijo de Dios”. Jesús también sabía quiénes eran ellos; no dijo que fueran espíritus de personas muertas, sino “demonios”, es decir, criaturas espirituales malvadas (Mateo 8:29-31; 10:8; Marcos 5:8).
En la Biblia no solo se menciona a estos seres espirituales que se han hecho rebeldes, sino también a otros que son fieles a Dios. En el libro de Génesis se habla de unos ángeles llamados querubines, que Jehová colocó al este del Edén para bloquear la entrada cuando expulsó de allí a Adán y Eva (Génesis 3:24). Según parece, esta fue la primera ocasión en que criaturas espirituales se hicieron visibles a los seres humanos.
Tiempo después, un número indeterminado de ángeles bajaron a la Tierra y adoptaron forma humana. Pero, en este caso, no fue Jehová quien los envió. Fueron ellos los que “abandonaron su propio y debido lugar” en los cielos (Judas 6). Sus intenciones eran egoístas: querían tener relaciones sexuales con mujeres. Al hacerlo, engendraron una raza de seres híbridos conocidos como nefilim. Tanto los ángeles rebeldes como sus hijos llenaron la Tierra de violencia y maldad (Génesis 6:1-5). Entonces Jehová decidió acabar con todas las personas malvadas —incluidos los nefilim— mediante un diluvio que cubrió de agua el planeta. Ahora bien, ¿qué les ocurrió a los ángeles rebeldes?
El Diluvio los obligó a regresar al mundo de los espíritus. Sin embargo, Jehová no les permitió recuperar “su posición original” (Judas 6). La Biblia señala que “Dios no se contuvo de castigar a los ángeles que pecaron, sino que, al echarlos en el Tártaro, los entregó a hoyos de densa oscuridad para que fueran reservados para juicio” (2 Pedro 2:4).
¿Qué es el Tártaro? No es ningún lugar específico, sino el estado de humillación y degradación en el que se encuentran los demonios. Esta situación limita su actividad, por lo que ya no pueden materializarse. Con todo, siguen teniendo mucho poder para influir en la mente y la vida de las personas. También pueden entrar en seres humanos y animales para apoderarse de ellos (Mateo 12:43-45; Lucas 8:27-33). Además, pueden engañarnos fingiendo ser espíritus de personas muertas. ¿Con qué objetivo? Quieren hacernos creer que los difuntos siguen vivos para que participemos en prácticas que Jehová desaprueba y así nos alejemos de él.

Cómo vencer el miedo a los muertos

Estas explicaciones bíblicas le parecieron muy razonables a Agboola. Como quería profundizar en el tema, aceptó la propuesta de John de estudiar la Biblia y otras publicaciones bíblicas. Para él fue un gran alivio aprender que sus hijos no se habían convertido en espíritus ni iban a ser esclavos de su asesino, sino que estaban descansando en la tumba (Juan 11:11-13).
Además, llegó a la conclusión de que debía cortar con el espiritismo de una vez para siempre. Por ello, quemó todos los objetos que tenía relacionados con el ocultismo (Hechos 19:19). Algunos vecinos le advirtieron: “¡Vas a enojar a los espíritus!”. Pero Agboola ya no tenía miedo. Él siguió el consejo de Efesios 6:11, 12: “Pónganse la armadura completa que proviene de Dios [...]; porque tenemos una lucha [...] contra las fuerzas espirituales inicuas”. ¿En qué consiste esta armadura espiritual procedente de Dios? Entre otras cosas, se compone de la verdad, la justicia, las buenas nuevas de la paz, la fe y la espada del espíritu, que es la Palabra de Dios. Dicha armadura proporciona la mejor protección posible.
Al ver que Agboola había abandonado sus tradiciones espiritistas, algunos de sus parientes y amigos lo marginaron. Sin embargo, en el Salón del Reino de los Testigos de Jehová encontró amigos nuevos, personas que creen lo que la Biblia enseña.
Agboola ha aprendido que Jehová pronto limpiará la Tierra de toda maldad y restringirá por completo la actividad de los demonios. Finalmente, serán destruidos para siempre (Revelación 20:1, 2, 10). Además, sabe que Dios resucitará en la Tierra a “todos los que están en las tumbas” (Juan 5:28, 29). Millones de personas volverán a vivir, lo que incluye a Abel y a los niños inocentes que asesinó el rey Herodes. Agboola tiene fe en que sus tres hijos también resucitarán. Y lo mismo puede ocurrir con nuestros seres queridos que han muerto. Cuando vuelvan a la vida, los resucitados nos confirmarán que durante todo ese tiempo estuvieron totalmente inconscientes, y que ningún rito o ceremonia que se realizara a su favor tuvo efecto en ellos.
En resumen, queda claro que no hay razón para temer a los muertos. Lo que es más, tenemos la esperanza de volver a ver con vida a nuestros seres queridos que han fallecido. Mientras esperamos que llegue ese día, hacemos bien en estudiar la Biblia para fortalecer nuestra fe. También debemos relacionarnos con quienes creen lo que enseña la Palabra de Dios. Y es muy importante que dejemos inmediatamente cualquier práctica espiritista y que nos protejamos de los demonios con “la armadura completa que proviene de Dios” (Efesios 6:11). Para ayudar a quienes deseen dar estos pasos, los testigos de Jehová imparten cursos bíblicos sin ningún costo con el libro ¿Qué enseña realmente la Biblia?
En la actualidad, Agboola ha superado el miedo a los muertos y sabe cómo protegerse de los demonios. Él mismo cuenta: “No sé por qué murieron mis tres hijos. Pero desde que empecé a servir a Jehová, he tenido siete más, y ningún espíritu ha venido a hacerles daño”.


Fuente: Atalaya - Enero 2009

8 de febrero de 2016

Poema para niños con dibujos



En la página web JW.ORG, pueden encontrarse materiales educativos para diversas edades, consejos para padres, para hijos, para niños, jóvenes, adultos y ancianos. Cada artículo esta basado en la Biblia. Además se pueden descargar gratuitamente. El material a disposición de todo el público sin tener que registrarse. Solo basta darle un clic y tendrás estas hermosas imágenes para que compartas un tiempo de ternura con los más pequeños de la casa. En cada lámina también viene un poema y al final un conjunto de pequeños ejercicios de acuerdo a la edad de los pequeñitos. Puede buscar en JW.ORG, la sección para niños o, si desea, copiar el siguiente enlace, pegarlo en la barra de direcciones del navegador y acceder:

https://assetsnffrgf-a.akamaihd.net/assets/m/ijw15/502015199/ijw15_id-502015199_S/502015199_S_cnt_1.pdf

El formato se descargara en PDF, listo para imprimir. Esta es una de las lecciones. Hay mas de trece lecciones disponibles. Bendiciones a todos. 



2 de febrero de 2016

Broadcasting Febrero 2016 Español

Ya salió el broadcasting de febrero. El JW broadcasting es un magazzine espiritual. Contiene información acerca de nuestra predicación, testimonios y experiencias de hermanos que sufren problemas tribulación a causa de su fe o que las circunstancias cotidianas, como el trabajo o el estudio, les causa desaliento; hay un discurso al inicio de unos quince a veinte minutos, además de saludos de algunas de las congregaciones alrededor del mundo en la parte final, videos musicales, entre otros. Realmente es un alimento espiritual no solo para los Testigos de Jehová sino para todas las personas alrededor del mundo. Espero que sean felices al aprender más de Jehová y de su gobierno. :)

27 de enero de 2016

¿Quien es Jehová? - parte 5




Se recupera el nombre divino en la traducción. 

Basándose en estos hechos, algunos traductores han incluido el nombre “Jehová” en sus traducciones de las Escrituras Griegas Cristianas. The Emphatic Diaglott, una traducción del siglo XIX hecha por Benjamin Wilson, utiliza el nombre Jehová varias veces, en particular donde los escritores cristianos citan de las Escrituras Hebreas. Pero ya en el siglo XIV se había empezado a usar el Tetragrámaton en traducciones de las Escrituras Cristianas al hebreo, como en la del libro de Mateo que hizo Shem-Tob ben Isaac Ibn Shaprut, y que incorpora su obra ʼÉ·ven bó·jan. En las citas de las Escrituras Hebreas que aparecen en ese evangelio, la traducción de Shem-Tob empleó el Tetragrámaton siempre que este aparecía. Desde entonces, muchas otras traducciones hebreas han seguido esa misma norma.
Sobre lo propio de este proceder, nótese lo que dijo R. B. Girdlestone, anterior director del Wycliffe Hall (Oxford), antes de que se conociesen los manuscritos que mostraban que en un principio en la Septuaginta aparecía el nombre Jehová. Dice: “Si aquella versión [la Septuaginta] hubiera retenido el término [Jehová], o siquiera hubiera utilizado una palabra griega para Jehová y otra para ʼĂdônây, es indudable que tal uso se habría retenido en los discursos y argumentaciones del N[uevo] T[estamento]. Así nuestro Señor, al citar el Salmo 110, en lugar de decir, ‘Dijo el Señor a mi Señor’, hubiera podido decir ‘Jehová dijo a ʼĂdônîy’”.

Basándose en esta misma premisa (ya probada cierta), añade: “Supongamos que un erudito cristiano estuviera dedicado a traducir el Nuevo Testamento al hebreo, y que tuviera que considerar, cada vez que apareciera la palabra Κύριος, si había algo en el contexto que diera indicación de su verdadera representante hebrea. Esta es la dificultad que surgiría en la traducción del N[uevo] T[estamento] a todos los lenguajes si se hubiera dejado que el título Jehová se mantuviera en el A[ntiguo] T[estamento] [de la Septuaginta]. Las Escrituras hebreas serían una guía en muchos pasajes. Así, allí donde aparece la expresión ‘el ángel del Señor’, sabemos que el término ‘Señor’ representa a Jehová. A una conclusión similar es a la que se llegaría con la expresión ‘la palabra del Señor’ si se siguiera el precedente establecido por el A[ntiguo] T[estamento]. Lo mismo también en el caso del título ‘el Señor de los ejércitos’. Pero allí donde aparece la expresión ‘mi Señor’ o ‘nuestro Señor’ sabríamos que el término Jehová sería inadmisible, y que el término a utilizar debería ser ʼĂdônây o  ʼĂdônîy”. (Sinónimos del Antiguo Testamento, traducción y adaptación de Santiago Escuain, 1986, pág. 51.) Esta premisa ha servido de base a las traducciones de las Escrituras Griegas antes mencionadas para incluir el nombre Jehová.

A este respecto es sobresaliente la Traducción del Nuevo Mundo, usada en toda esta obra, en la que el nombre divino, escrito “Jehová”, aparece 237 veces en las Escrituras Griegas Cristianas. Como ya se ha mostrado, la inclusión del nombre está bien fundada.

Uso y significado del Nombre en tiempos antiguos. 

A menudo se han aplicado mal los pasajes de Éxodo 3:13-16 y 6:3 para indicar que el nombre de Jehová se le reveló por primera vez a Moisés poco antes del éxodo de Egipto. Es cierto que Moisés formuló la pregunta: “Supongamos que llego ahora a los hijos de Israel y de hecho les digo: ‘El Dios de sus antepasados me ha enviado a ustedes’, y ellos de hecho me dicen: ‘¿Cuál es su nombre?’. ¿Qué les diré?”. Pero esto no significa que él o los israelitas no conociesen el nombre de Jehová. El mismo nombre de la madre de Moisés —Jokébed— posiblemente significa “Jehová Es Gloria”. (Éx 6:20.) Seguramente la pregunta de Moisés estaba relacionada con las circunstancias en las que se hallaban los hijos de Israel. Habían sufrido dura esclavitud durante muchas décadas sin ninguna señal de alivio. Es muy probable que se hubiesen infiltrado en el pueblo la duda y el desánimo, y como consecuencia se habría debilitado su fe en el poder y el propósito de Dios de liberarlos. (Véase también Eze 20:7, 8.) Por lo tanto, el que Moisés simplemente dijera que iba en el nombre de “Dios” (ʼElo·hím) o el “Señor Soberano” (ʼAdho·nái) no hubiera significado mucho para los israelitas que sufrían. Sabían que los egipcios tenían sus propios dioses y señores, y sin duda tuvieron que oírles mofas en el sentido de que sus dioses eran superiores al Dios de los israelitas.

Asimismo, se ha de tener presente que en aquel entonces los nombres tenían un significado real, no eran simples “etiquetas” para identificar a una persona, como ocurre hoy día. Moisés sabía que el nombre de Abrán (que significa “Padre Es Alto [Ensalzado]”) se cambió a Abrahán (que significa “Padre de una Muchedumbre [Multitud]”), y que el cambio obedeció al propósito de Dios con respecto a Abrahán. El nombre de Sarai también se cambió a Sara y el de Jacob, a Israel, y en cada caso el cambio puso de manifiesto algo fundamental y profético en cuanto al propósito de Dios para ellos. Moisés bien pudo preguntarse si entonces Jehová se revelaría a sí mismo bajo un nuevo nombre para arrojar luz sobre su propósito con respecto a Israel. El que Moisés fuese a los israelitas en el “nombre” de Aquel que le envió significaba que era su representante, y el peso de la autoridad con la que Moisés hablase estaría determinado por dicho nombre y lo que representaba. (Compárese con Éx 23:20, 21; 1Sa 17:45.) Así pues, la pregunta de Moisés era significativa.

La respuesta de Dios en hebreo fue “ʼEh·yéh ʼAschér ʼEh·yéh”. Aunque algunas versiones traducen esta expresión por “YO SOY EL QUE SOY”, hay que notar que el verbo hebreo (ha·yáh) del que se deriva la palabra ʼEh·yéh no significa simplemente “ser”, sino que, más bien, significa “llegar a ser” o “resultar ser”. No se hace referencia a la propia existencia de Dios, sino a lo que piensa llegar a ser con relación a otros. Por lo tanto, la Traducción del Nuevo Mundo traduce apropiadamente la expresión hebrea supracitada de este modo: “YO RESULTARÉ SER LO QUE RESULTARÉ SER”. Después Jehová añadió: “Esto es lo que has de decir a los hijos de Israel: ‘YO RESULTARÉ SER me ha enviado a ustedes’”. (Éx 3:14, nota.)

Las palabras que siguen a esta declaración muestran que no se estaba produciendo ningún cambio en el nombre de Dios, sino solo una mejor comprensión de su personalidad: “Esto es lo que habrás de decir a los hijos de Israel: ‘Jehová el Dios de sus antepasados, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a ustedes’. Este es mi nombre hasta tiempo indefinido, y este es la memoria de mí a generación tras generación”. (Éx 3:15; compárese con Sl 135:13; Os 12:5.) El nombre Jehová viene del verbo hebreo ha·wáh, “llegar a ser”, y significa en realidad “Él Causa Que Llegue a Ser”. Este significado presenta a Jehová como Aquel que, con acción progresiva, hace que Él mismo llegue a ser el Cumplidor de promesas. De este modo siempre hace que sus propósitos se realicen. Solo el Dios verdadero podría llevar tal nombre de manera apropiada y legítima.

Lo antedicho ayuda a entender el sentido de lo que después le dijo Jehová a Moisés: “Yo soy Jehová. Y yo solía aparecerme a Abrahán, Isaac y Jacob como Dios Todopoderoso, pero en cuanto a mi nombre Jehová no me di a conocer a ellos”. (Éx 6:2, 3.) Dado que aquellos patriarcas, antepasados de Moisés, habían utilizado muchas veces el nombre Jehová, es obvio que Dios se refería a que se les había manifestado en la dimensión de Jehová solo de manera limitada. Para ilustrarlo: difícilmente se podría decir que aquellas personas que habían conocido a Abrán en realidad le conocieron como Abrahán (“Padre de una Muchedumbre [Multitud]”) mientras solo tenía un hijo, Ismael. A medida que le nacieron Isaac y otros hijos, y estos a su vez tuvieron prole, el nombre Abrahán adquirió mayor significado. Del mismo modo, también el nombre Jehová entonces adquiriría un significado más amplio para los israelitas.

Por lo tanto, “conocer” no significa simplemente estar informado o saber de algo o alguien. Nabal, un hombre insensato, conocía el nombre de David, pero a pesar de eso preguntó: “¿Quién es David?”, como diciendo: “¿Qué importancia tiene él?”. (1Sa 25:9-11; compárese con 2Sa 8:13.) De igual manera, Faraón le dijo a Moisés: “¿Quién es Jehová, para que yo obedezca su voz y envíe a Israel? No conozco a Jehová en absoluto y, lo que es más, no voy a enviar a Israel”. (Éx 5:1, 2.) Con estas palabras Faraón estaba diciendo que no conocía a Jehová como el Dios verdadero, ni como alguien que poseyera autoridad alguna sobre el rey de Egipto y sus asuntos, ni que tuviera poder para llevar a cabo su voluntad como se había anunciado por medio de Moisés y Aarón. Pero entonces Faraón y todo Egipto, así como los israelitas, llegarían a conocer el verdadero significado de ese nombre, la persona a quien representaba. Como Jehová le mostró a Moisés, eso llegaría como resultado de que Él realizase su propósito para con Israel: liberar al pueblo y darle la Tierra Prometida, cumpliendo así el pacto que había hecho con sus antepasados. De este modo, como Dios dijo, “ustedes ciertamente sabrán que yo soy Jehová su Dios”. (Éx 6:4-8
)

Por lo tanto, el profesor de hebreo D. H. Weir dice que los que alegan que en Éxodo 6:2, 3 se revela por primera vez el nombre Jehová “no han estudiado [estos versículos] a la luz de otros textos; de otro modo se hubieran dado cuenta de que la palabra nombre no hace referencia a las dos sílabas que componen la voz Jehová, sino a la idea que esta expresa. Cuando leemos en Isaías cap. LII. 6, ‘Por tanto, mi pueblo sabrá mi nombre’, o en Jeremías cap. XVI. 21, ‘Sabrán que mi nombre es Jehová’, o en los Salmos, Sl. IX [10, 16], ‘Y en ti confiarán los que conocen tu nombre’, vemos en seguida que conocer el nombre de Jehová es algo muy diferente de conocer las cuatro letras que lo componen. Es conocer por experiencia que Jehová es en realidad lo que su nombre expresa que es. (Compárese también con Is. XIX. 20, 21; Eze. XX. 5, 9; XXXIX. 6, 7; Sl LXXXIII. [18]; LXXXIX. [16]; 2 Cr. VI. 33.)”. (The Imperial Bible-Dictionary, vol. 1, págs. 856, 857.)

22 de enero de 2016

¿Quién es Jehová? - parte 4



En las Escrituras Griegas Cristianas.

En vista de las pruebas presentadas, parece muy extraño que las copias manuscritas existentes del texto original de las Escrituras Griegas Cristianas no contengan el nombre divino en su forma completa. Por ello el nombre tampoco se encuentra en la mayoría de las traducciones del llamado Nuevo Testamento. Sin embargo, en estas traducciones sí aparece en su forma abreviada como parte de la expresión “Aleluya”, “Aleluia” o “Haleluia”. (Rev 19:1, 3, 4, 6; BAS; BC; BJ; LT; Val, 1868.) Esta expresión (“¡Alaben a Jah!” [NM]), pronunciada por hijos celestiales de Dios, hace patente que el nombre divino no estaba en desuso; es más, era tan importante y pertinente como lo había sido en el período precristiano. Entonces, ¿a qué se debe la ausencia de su forma completa en las Escrituras Griegas Cristianas?

¿Por qué no se encuentra el nombre divino en su forma completa en ningún manuscrito antiguo disponible de las Escrituras Griegas Cristianas?

Durante mucho tiempo se ha argumentado que como los escritores inspirados de las Escrituras Griegas Cristianas hicieron sus citas de las Escrituras Hebreas basándose en la Septuaginta, y en esta versión se había sustituido el Tetragrámaton por los términos Ký·ri·os o The·ós, el nombre de Jehová no debió aparecer en sus escritos. Como se ha mostrado, este argumento ya no es válido. Al comentar sobre el hecho de que los fragmentos más antiguos de la Septuaginta sí contienen el nombre divino en su forma hebrea, el doctor P. Kahle dice: “Ahora sabemos que el texto griego de la Biblia [la Septuaginta], en tanto fue escrito por y para judíos, no tradujo el nombre divino por kyrios, sino que en esos MSS [manuscritos] se conservó el Tetragrámaton con letras hebreas o griegas. Fueron los cristianos quienes reemplazaron el Tetragrámaton por kyrios cuando el nombre divino escrito en letras hebreas ya no se entendía”. (The Cairo Geniza, Oxford, 1959, pág. 222.) ¿Cuándo se produjo este cambio en las traducciones griegas de las Escrituras Hebreas?

Debió producirse en el transcurso de los siglos que siguieron a la muerte de Jesús y sus apóstoles. En la versión griega de Aquila, del siglo II E.C., el Tetragrámaton todavía aparecía en caracteres hebreos. Alrededor del año 245 E.C., el famoso erudito Orígenes produjo su Héxapla, una reproducción a seis columnas de las Escrituras Hebreas inspiradas que contenía: 1) el texto hebreo y arameo original, 2) una transliteración al griego del texto hebreoarameo, 3) la versión de Aquila, 4) la versión de Símaco, 5) la Septuaginta y 6) la versión de Teodoción. Basándose en las copias incompletas que se conocen actualmente, el profesor W. G. Waddell dice: “En la Héxapla de Orígenes [...] las versiones griegas de Aquila, Símaco y LXX [la Septuaginta] representan JHWH por ΠΙΠΙ; en la segunda columna de la Héxapla, el Tetragrámaton está escrito en caracteres hebreos”. (The Journal of Theological Studies, Oxford, vol. 45, 1944, págs. 158, 159.) Otros creen que el texto original de la Héxapla de Orígenes empleó caracteres hebreos para el Tetragrámaton en todas sus columnas. Orígenes mismo dijo que “en los manuscritos más fieles EL NOMBRE está escrito con
caracteres hebreos, no del hebreo moderno, sino del arcaico”.

En fecha tan tardía como el siglo IV E.C., Jerónimo, el autor de la traducción denominada Vulgata latina, dice en su prólogo a los libros de Samuel y Reyes: “Y hallamos el nombre de Dios, el Tetragrámaton [יהוה], en ciertos volúmenes griegos aun en la actualidad expresado con las letras antiguas”. En una carta escrita en Roma en 384 E.C., Jerónimo dice: “El noveno [nombre de Dios es] tetragrammo, que los hebreos tuvieron por [a·nek·fṓ·nē·ton], esto es, ‘inefable’, y se escribe con estas tres letras: iod, he, uau, he. Algunos no lo han entendido por la semejanza de estas letras y, al hallarlo en los códices griegos, escribieron de ordinario πι πι [letras griegas que corresponden a las romanas pi pi]”. (Cartas de San Jerónimo, Carta 25 a Marcela.)

De modo que los llamados cristianos que “reemplazaron el Tetragrámaton por Ký·ri·os” en las copias de la Septuaginta no fueron los discípulos primitivos de Jesús, sino personas de siglos posteriores, cuando la predicha apostasía estaba bien desarrollada y había corrompido la pureza de las enseñanzas cristianas. (2Te 2:3; 1Ti 4:1.)

Jesús y sus discípulos lo usaron. 

Así que, con toda seguridad, en los días de Jesús y sus discípulos el nombre divino aparecía en las Escrituras, tanto en los manuscritos hebreos como en los griegos. ¿Emplearon ellos el nombre divino en su conversación y escritura? En vista de que Jesús condenó las tradiciones de los fariseos (Mt 15:1-9), sería sumamente irrazonable pensar que él y sus discípulos se dejaran influir por las ideas farisaicas (como las que se registran en la Misná) a este respecto. Por otra parte, el propio nombre de Jesús significa “Jehová Es Salvación”. Él declaró: “Yo he venido en el nombre de mi Padre” (Jn 5:43); enseñó a sus seguidores a orar: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre” (Mt 6:9); dijo que hacía sus obras “en el nombre de [su] Padre” (Jn 10:25), y la noche de su muerte dijo en oración que había puesto de manifiesto el nombre de su Padre a sus discípulos, y pidió: “Padre santo, vigílalos por causa de tu propio nombre”. (Jn 17:6, 11, 12, 26.) En vista de lo antedicho, cuando Jesús citó o leyó de las Escrituras Hebreas, ciertamente pronunció el nombre de Dios: Jehová. (Compárese Mt 4:4, 7, 10 con Dt 8:3; 6:16; 6:13; Mt 22:37 con Dt 6:5; Mt 22:44 con Sl 110:1; y Lu 4:16-21 con Isa 61:1, 2.) Como es lógico, los discípulos de Jesús, entre ellos los escritores inspirados de las Escrituras Griegas Cristianas, siguieron su ejemplo a este respecto.

¿Por qué, entonces, no aparece el nombre en los manuscritos disponibles de las Escrituras Griegas Cristianas, o el llamado Nuevo Testamento? Seguramente porque los manuscritos que hoy tenemos (del siglo III E.C. en adelante) se hicieron después que se alteró el texto original de los apóstoles y discípulos. Los copistas posteriores sin duda reemplazaron el nombre divino —el Tetragrámaton— por los términos Ký·ri·os y The·ós. (GRABADO, vol. 1, pág. 324.) Los hechos muestran que eso es justo lo que ocurrió en copias posteriores de la Versión de los Setenta de las Escrituras Hebreas.

Fuente: Perspicacia para comprender las escrituras, Tomo II, pág. 39, 40

21 de enero de 2016

¿Quién es Jehová? - parte 3



Importancia del Nombre.

Muchos eruditos modernos y traductores de la Biblia abogan por seguir la tradición de eliminar el nombre propio de Dios. No solo alegan que su pronunciación insegura justifica tal proceder, sino que también sostienen que la supremacía y singularidad del Dios verdadero hace innecesario que tenga un nombre distintivo. Este punto de vista no tiene apoyo alguno en las Escrituras inspiradas, ni en las Hebreas ni en las Griegas Cristianas.

El Tetragrámaton aparece 6.828 veces en el texto hebreo impreso de la Biblia Hebraica y de la Biblia Hebraica Stuttgartensia. En las Escrituras Hebreas de la Traducción del Nuevo Mundo el nombre Jehová aparece un total de 6.973 veces, porque los traductores tomaron en cuenta, entre otras cosas, el hecho de que en algunos lugares los soferim habían cambiado el Tetragrámaton por ʼAdho·nái y ʼElo·hím. (Véase NM, apéndice, págs. 1559, 1560.) La misma frecuencia con que aparece este nombre demuestra la importancia que tiene para su Portador, el Autor de la Biblia. El número de veces que se emplea en todas las Escrituras es muy superior al de cualquiera de los títulos que se le aplican, como “Señor Soberano” o “Dios”.

También debe notarse la importancia que se da a los nombres en las Escrituras Hebreas y en los pueblos semitas. El Diccionario de la Biblia (edición de Serafín de Ausejo, Barcelona, 1981, cols. 1340, 1341) dice: “Según la concepción antigua y primitiva, el n[ombre] no es sólo lo que designa, caracteriza y distingue de los demás a su portador, sino además un elemento esencial de su personalidad. [...] Si el n[ombre] de alguien es invocado o pronunciado sobre una cosa, ésta queda íntimamente ligada con la persona nombrada. [...] Si uno invoca sobre alguien el n[ombre] de un ser poderoso, le asegura su protección. (Compárese con Everyman’s Talmud, de A. Cohen, 1949, pág. 24; Gé 27:36; 1Sa 25:25; Sl 20:1; Pr 22:1)

“Dios” y “Padre” no son distintivos. 

El título “Dios” no es ni personal ni distintivo (una persona incluso puede hacer un dios de su vientre; Flp 3:19). En las Escrituras Hebreas la misma palabra (ʼElo·hím) se aplica a Jehová, el Dios verdadero, y a los dioses falsos, como el dios filisteo Dagón (Jue 16:23, 24; 1Sa 5:7) y el dios asirio Nisroc. (2Re 19:37.) El que un hebreo le dijese a un filisteo o a un asirio que adoraba a “Dios [ʼElo·hím]” obviamente no hubiera bastado para identificar a la Persona a quien iba dirigida su adoración.

La obra The Imperial Bible-Dictionary, en sus artículos sobre Jehová, ilustra bien la diferencia entre ʼElo·hím (Dios) y Jehová. Dice del nombre Jehová: “En todas partes es un nombre propio que señala al Dios personal y solo a él, mientras que Elohím comparte más el carácter de un nombre común, el cual, por lo general, se refiere al Supremo, aunque no necesaria ni uniformemente [...]. El hebreo puede decir el Elohím, el Dios verdadero, en contraste con todos los dioses falsos; pero nunca dice el Jehová, pues el nombre Jehová es exclusivo del Dios verdadero. Dice vez tras vez mi Dios [...], pero nunca mi Jehová, pues cuando dice mi Dios, se refiere a Jehová. Habla del Dios de Israel, pero nunca del Jehová de Israel, pues no hay ningún otro Jehová. Habla del Dios vivo, pero nunca del Jehová vivo, pues no puede concebir a Jehová de otra manera que no sea vivo” (edición de P. Fairbairn, Londres, 1874, vol. 1, pág. 856).

Lo mismo es cierto del término griego para Dios, The·ós. Este vocablo se aplicaba de igual manera al Dios verdadero y a dioses paganos como Zeus y Hermes, dioses griegos que correspondían a los romanos Júpiter y Mercurio. (Compárese con Hch 14:11-15.) Las palabras de Pablo en 1 Corintios 8:4-6 presentan la verdadera situación: “Porque aunque hay aquellos que son llamados ‘dioses’, sea en el cielo o en la tierra, así como hay muchos ‘dioses’ y muchos ‘señores’, realmente para nosotros hay un solo Dios el Padre, procedente de quien son todas las cosas, y nosotros para él”. La creencia en numerosos dioses, que hace necesario que el Dios verdadero se distinga de los falsos, ha continuado hasta nuestro siglo XX.

La referencia de Pablo a “Dios el Padre” no significa que el nombre del Dios verdadero sea “Padre”, pues esta designación aplica asimismo a todo varón humano que sea progenitor y también se refiere a hombres que son padres en otros sentidos. (Ro 4:11, 16; 1Co 4:15.) Al Mesías se le da el título de “Padre Eterno”. (Isa 9:6.) Jesús llamó a Satanás el “padre” de ciertos opositores asesinos. (Jn 8:44.) El término también se aplicó a los dioses de las naciones. Por ejemplo: en la poesía de Homero al dios griego Zeus se le representaba como el gran dios padre. En numerosos textos se muestra que “Dios el Padre” tiene un nombre diferente del de su Hijo. (Mt 28:19; Rev 3:12; 14:1.) Pablo conocía el nombre personal de Dios, Jehová, como aparece en el relato de la creación en Génesis, registro del que citó en sus escritos. Ese nombre, Jehová, distingue a “Dios el Padre” (compárese con Isa 64:8), e impide cualquier intento de fusionar o mezclar su identidad y persona con la de cualquier otro a quien pueda aplicársele el título “dios” o “padre”.

No es un dios tribal.

A Jehová se le llama el “Dios de Israel” y el “Dios de sus antepasados”. (1Cr 17:24; Éx 3:16.) Esta asociación íntima con los hebreos y con la nación israelita, sin embargo, no da ninguna razón para circunscribir el nombre al de un dios tribal, como algunos han hecho. El apóstol cristiano Pablo escribió: “[¿]Es él el Dios de los judíos únicamente? ¿No lo es también de gente de las naciones? Sí, de gente de las naciones también”. (Ro 3:29.) Jehová no es solo el “Dios de toda la tierra” (Isa 54:5), sino también el Dios del universo, “el Hacedor del cielo y de la tierra”. (Sl 124:8.) En el pacto que Jehová había celebrado con Abrahán casi dos mil años antes del tiempo de Pablo, había prometido bendiciones para gente de todas las naciones, mostrando así Su interés en toda la humanidad. (Gé 12:1-3; compárese con Hch 10:34, 35; 11:18.)

Finalmente, Jehová Dios rechazó a la nación de Israel debido a su infidelidad. No obstante, su nombre continuaría asociado con la nueva nación del Israel espiritual, la congregación cristiana, incluso cuando esa nueva nación empezara a aceptar en su seno a los que no eran judíos. Cuando el discípulo Santiago presidió una asamblea cristiana en Jerusalén, dijo que Dios había “[dirigido] su atención a las naciones [no judías] para sacar de entre ellas un pueblo para su nombre”. Como prueba de que se había predicho con anterioridad, Santiago citó una profecía del libro de Amós en la que aparece dos veces el nombre de Jehová. (Hch 15:2, 12-14; Am 9:11, 12.)


Fuente: Perspicacia para entender las escrituras, tomo II, pag. 37, 38

20 de enero de 2016

¿Quién es Jehová? - parte 2



¿Cuándo dejaron los judíos de pronunciar el nombre personal de Dios?

Por tanto, al menos por escrito, no hay prueba sólida de que el nombre divino hubiera desaparecido o caído en desuso antes de nuestra era. Es en el siglo I E.C. cuando se empieza a observar cierta actitud supersticiosa hacia el nombre de Dios. Cuando Josefo, historiador judío perteneciente a una familia sacerdotal, relata la revelación de Dios a Moisés en el lugar de la zarza ardiente, dice: “Dios entonces le dijo su santo nombre, que nunca había sido comunicado a ningún hombre; por lo tanto no sería leal por mi parte que dijera nada más al respecto”. (Antigüedades Judías, libro II, cap. XII, sec. 4.) Sin embargo, las palabras de Josefo, además de ser inexactas en lo que tiene que ver con que se desconociera el nombre divino antes de Moisés, son vagas y no revelan con claridad cuál era la actitud común en el siglo I en cuanto a la pronunciación o uso del nombre divino.
La Misná judía, una colección de enseñanzas y tradiciones rabínicas, es algo más explícita. Su compilación se atribuye al rabino Yehudá ha-Nasí (Judá el Príncipe), que vivió en los siglos II y III E.C. Parte del contenido de la Misná se relaciona claramente con las circunstancias anteriores a la destrucción de Jerusalén y su templo en 70 E.C. No obstante, un docto dice sobre la Misná: “Es extremadamente difícil decidir qué valor histórico debe atribuirse a las tradiciones de la Misná. El tiempo que puede haber oscurecido o distorsionado los recuerdos de épocas tan dispares; los levantamientos, cambios y confusiones políticas que ocasionaron dos rebeliones y dos conquistas romanas; las normas de los fariseos (cuyas opiniones registra la Misná), distintas de las de los saduceos [...], todos estos son factores que deben sopesarse a la hora de valorar la naturaleza de las afirmaciones de la Misná. Además, mucho del contenido de la Misná persigue como único fin el diálogo académico, al parecer sin pretensión de ubicarlo históricamente”. (The Mishnah, traducción al inglés de H. Danby, Londres, 1954, págs. XIV, XV.) Algunas de las tradiciones de la Misná sobre la pronunciación del nombre divino son:
La Misná dice con relación al día de la expiación anual: “Los sacerdotes y pueblo estaban en el atrio y cuando oían el Nombre que pronunciaba claramente el Sumo Sacerdote, se arrodillaban, se postraban con el rostro en tierra y decían: ‘bendito el nombre de la gloria de su reino por siempre y jamás’” (Yoma 6:2). Sota 7:6 dice sobre las bendiciones sacerdotales cotidianas: “En el templo se pronunciaba el nombre como está escrito, en la provincia con una sustitución”. Sanhedrin 7:5 dice: “El blasfemo no es culpable en tanto no mencione explícitamente el Nombre”, y añade que en un juicio que tuviera que ver con una acusación de blasfemia, se usaba un nombre sustitutivo hasta haber oído todos los hechos; luego se le pedía en privado al testigo de cargo: “Di, ¿qué oíste de modo explícito?”, y se empleaba, como es lógico, el nombre divino. Cuando Sanhedrin 10:1 menciona a los “que no tienen parte en la vida futura”, observa: “Abá Saúl dice: también el que pronuncia el nombre de Dios con sus letras”. No obstante, a pesar de estos puntos de vista negativos, en la primera parte de la Misná también se halla la declaración positiva de que una persona podía “saludar a su prójimo con el nombre de Dios”, y se cita el ejemplo de Boaz. (Rut 2:4; Berajot 9:5.)
Sin exagerar su importancia, estos puntos de vista tradicionales tal vez indiquen una tendencia supersticiosa a evitar el uso del nombre divino ya antes de la destrucción del templo de Jerusalén en 70 E.C. De todos modos, se dice de modo explícito que eran principalmente los sacerdotes quienes usaban un nombre sustitutivo para el nombre divino, y eso solo en las provincias. Por otra parte, como hemos visto, es discutible el valor histórico de las tradiciones de la Misná.
Por lo tanto, no hay ninguna base sólida para asignar al desarrollo de este punto de vista supersticioso una fecha anterior a los siglos I y II E.C. Sin embargo, con el tiempo, el lector judío empezó a utilizar los términos ʼAdho·nái (Señor Soberano) o ʼElo·hím (Dios) en sustitución del nombre divino representado por el Tetragrámaton, y así evitaba pronunciarlo cuando leía las Escrituras Hebreas en el lenguaje original. Así debió ocurrir, pues cuando empezaron a usarse los puntos vocálicos en la segunda mitad del I milenio E.C., los copistas judíos insertaron en el Tetragrámaton los puntos vocálicos de ʼAdho·nái o de ʼElo·hím, seguramente para advertir al lector de que pronunciara esas palabras en lugar del nombre divino. Por supuesto, en las copias posteriores de la Septuaginta griega de las Escrituras Hebreas, el Tetragrámaton se hallaba completamente reemplazado por Ký·ri·os y The·ós. (Véase SEÑOR.)
Las traducciones a otros idiomas, como la Vulgata latina, siguieron el ejemplo de las copias posteriores de la Septuaginta. Por esta razón, la versión Scío, basada en la Vulgata, no contiene el nombre divino, aunque sí lo menciona en sus notas. Otro tanto ocurre con la versión Torres Amat (excepto en unas pocas ocasiones que sí aparece), mientras que La Biblia de las Américas emplea SEÑOR o DIOS para representar el Tetragrámaton en las Escrituras Hebreas cada vez que aparece.

¿Cuál es la pronunciación correcta del nombre de Dios?

En la segunda mitad del I milenio E.C., los eruditos judíos introdujeron un sistema de puntos para representar las vocales que faltaban en el texto consonántico hebreo. En el caso del nombre de Dios, en vez de insertar la puntuación vocálica que le correspondía, insertaron la de ʼAdho·nái (Señor Soberano) o ʼElo·hím (Dios) para advertir al lector que debería leer estas palabras en vez del nombre divino.
El Códice de Leningrado B 19A, del siglo XI E.C., puntúa el Tetragrámaton para que lea Yehwáh, Yehwíh y Yeho·wáh. La edición de Ginsburg del texto masorético puntúa el nombre divino para que lea Yeho·wáh. (Gé 3:14, nota.) Normalmente los hebraístas favorecen la forma “Yahveh” (Yavé) como la pronunciación más probable. Señalan que la abreviatura del nombre es Yah (Jah en la forma latinizada), como en el Salmo 89:8 y en la expresión Ha·lelu-Yáh (que significa “¡Alaben a Jah!”). (Sl 104:35; 150:1, 6.) Además, las formas Yehóh, Yoh, Yah y Yá·hu, que se hallan en la grafía hebrea de los nombres Jehosafat, Josafat, Sefatías y otros, pueden derivarse del nombre divino Yahveh. Las transliteraciones griegas del nombre divino que hicieron los escritores cristianos, a saber, I·a·bé o I·a·ou·é (que en griego se pronunciaban de modo parecido a Yahveh), pueden indicar lo mismo. Sin embargo, no hay unanimidad entre los eruditos en cuanto a la pronunciación exacta; algunos hasta prefieren otras pronunciaciones, como “Yahuwa”, “Yahuah” o “Yehuah”.
Como en la actualidad es imposible precisar la pronunciación exacta, parece que no hay ninguna razón para abandonar la forma “Jehová”, muy conocida en español, en favor de otras posibles pronunciaciones. En caso de producirse este cambio, por la misma razón debería modificarse la grafía y pronunciación de muchos otros nombres de las Escrituras: Jeremías habría de ser Yir·meyáh; Isaías, Yeschaʽ·yá·hu, y Jesús, bien Yehoh·schú·aʽ (como en hebreo) o I·ē·sóus (como en griego). El propósito de las palabras es transmitir ideas; en español, el nombre Jehová identifica al Dios verdadero, y en la actualidad transmite esta idea de manera más satisfactoria que cualquier otra de las formas mencionadas.

Fuente: Perspicacia para entender las escrituras, tomo II, pag. 36,37

18 de enero de 2016

¿Quién es Jehová? - parte 1



Es el nombre personal de Dios. (Isa 42:8; 54:5.) Aunque en las Escrituras se le designa con títulos descriptivos, como “Dios”, “Señor Soberano”, “Creador”, “Padre”, “el Todopoderoso” y “el Altísimo”, su personalidad y atributos —quién y qué es Él— solo se resumen y expresan a cabalidad en este nombre personal. (Sl 83:18.)

Pronunciación correcta del Nombre Divino.

“Jehová” es la pronunciación más conocida en español del nombre divino, aunque la mayoría de los hebraístas apoyan la forma “Yahveh” (Yavé). Los manuscritos hebreos más antiguos presentan el nombre en la forma de cuatro consonantes, llamada comúnmente Tetragrámaton (del griego te·tra, que significa “cuatro”, y grám·ma, “letra”). Estas cuatro letras (escritas de derecha a izquierda) son יהוה y se pueden transliterar al español como YHWH (o JHVH).
Por lo tanto, las consonantes hebreas del nombre se conocen. El problema es determinar qué vocales hay que combinar con esas consonantes. Los puntos vocálicos se empezaron a utilizar en hebreo en la segunda mitad del I milenio E.C. No obstante, los puntos vocálicos hallados en manuscritos hebreos no proveen la clave para determinar qué vocales deberían aparecer en el nombre divino, debido a cierta superstición religiosa que había empezado siglos antes.

La superstición oculta el nombre. 

En algún momento surgió entre los judíos la idea supersticiosa de que era incorrecto hasta pronunciar el nombre divino (representado por el Tetragrámaton). No se sabe a ciencia cierta qué base hubo originalmente para dejar de pronunciar el nombre. Hay quien cree que surgió la enseñanza de que el nombre era tan sagrado que no lo debían pronunciar labios imperfectos. Sin embargo, en las mismas Escrituras Hebreas no se observa que ninguno de los siervos verdaderos de Dios tuviese reparos en pronunciar su nombre. Los documentos hebreos no bíblicos, como, por ejemplo, las llamadas Cartas de Lakís, muestran que en Palestina el nombre se usaba en la correspondencia durante la última parte del siglo VII a. E.C.
Otro punto de vista es que con ello se pretendía evitar que los pueblos no judíos conocieran el nombre y lo usaran mal. Sin embargo, Jehová mismo dijo que haría que ‘su nombre fuera declarado en toda la tierra’ (Éx 9:16; compárese con 1Cr 16:23, 24; Sl 113:3; Mal 1:11, 14), para que incluso sus adversarios lo conocieran. (Isa 64:2.) De hecho, el nombre se conocía y empleaba entre las naciones paganas tanto antes de la era común como durante los primeros siglos de nuestra era. (The Jewish Encyclopedia, 1976, vol. 12, pág. 119.) También se ha dicho que el propósito era evitar que se utilizara en ritos mágicos. En tal caso, hubiera sido una medida equivocada, pues cuanto más misterioso se hiciera por su desuso, más proclive sería a que lo utilizaran en sortilegios.

¿Cuándo se arraigó la superstición?

 Tal como no se sabe con seguridad la razón o razones originales por las que dejó de usarse el nombre divino, de la misma manera hay mucha incertidumbre en cuanto a cuándo se arraigó realmente esta superstición. Algunos alegan que empezó después del exilio en Babilonia (607-537 a. E.C.). Sin embargo, esta teoría se basa en una supuesta disminución del uso del nombre en la última parte de las Escrituras Hebreas, un punto de vista insostenible a la luz de los hechos. Por ejemplo: Malaquías, uno de los últimos libros de las Escrituras Hebreas —escrito en la última mitad del siglo V a. E.C.—, da gran importancia al nombre divino.
Muchas obras de consulta dicen que el nombre dejó de emplearse alrededor del año 300 a. E.C. Se cita como prueba la supuesta ausencia del Tetragrámaton (o una transliteración de este) en la Septuaginta, traducción griega de las Escrituras Hebreas que se inició alrededor de 280 a. E.C. Es cierto que los manuscritos más completos de la Septuaginta que se conocen en la actualidad sustituyen sistemáticamente el Tetragrámaton por las palabras griegas Ký·ri·os (Señor) o The·ós (Dios), pero estos manuscritos importantes solo se remontan hasta los siglos IV y V E.C. Hace poco se han descubierto fragmentos de manuscritos más antiguos que prueban que en las copias más antiguas de la Septuaginta aparecía el nombre divino.
Uno de estos, conocido como el Inventario núm. 266 de los papiros Fuad, contiene parte del libro de Deuteronomio. (GRABADO, vol. 1, pág. 326.) Este papiro presenta sistemáticamente el Tetragrámaton escrito en caracteres cuadrados hebreos cada vez que aparece en el texto hebreo del que se traduce. Los eruditos dicen que data del siglo I a. E.C., lo que lo hace cuatro o cinco siglos más antiguo que los manuscritos mencionados con anterioridad.

Fuente: Perspicacia para entender las escrituras, tomo II, pag. 35,36


15 de enero de 2016

Artículo - ¿Qué es un demonio?



Es un espíritu invisible malvado que tiene poderes sobrehumanos. Dios no creó a los demonios como tales. El primero que se hizo demonio a sí mismo fue Satanás el Diablo, quien llegó a ser el gobernante de otros hijos angélicos de Dios que también se hicieron demonios. (Mt 12:24, 26.) En los días de Noé, ángeles desobedientes se materializaron, se casaron con mujeres y engendraron una prole híbrida llamada nefilim. No obstante, se desmaterializaron cuando llegó el Diluvio. (Gé 6:1-4.) Cuando volvieron al reino de los espíritus, no recuperaron su elevada posición original, pues Judas 6 dice: “A los ángeles que no guardaron su posición original, sino que abandonaron su propio y debido lugar de habitación, los ha reservado con cadenas sempiternas bajo densa oscuridad para el juicio del gran día”. (1Pe 3:19, 20.) Por lo tanto, sus actividades están limitadas a esa condición de densa oscuridad espiritual. (2Pe 2:4.) Aunque no se les permite materializarse, aún pueden ejercer gran poder e influencia sobre la mente y la vida de los hombres. Incluso tienen poder para entrar en hombres y animales y poseerlos, y los hechos muestran que también se valen de cosas inanimadas, como casas, fetiches y amuletos. (Mt 12:43-45; Lu 8:27-33.)
El objeto de toda esa actividad demoníaca es poner a la gente en contra de Jehová y de la adoración pura que a Él se le debe. Con buena base, la ley de Jehová prohibió tajantemente toda forma de demonismo. (Dt 18:10-12.) Sin embargo, el pueblo rebelde de Israel se apartó tanto de esa ley que llegó al extremo de sacrificar a sus hijos e hijas a demonios. (Sl 106:37; Dt 32:17; 2Cr 11:15.) En el tiempo de Jesús la influencia demoníaca estaba muy extendida, y la expulsión de demonios fue uno de los principales milagros que efectuó Cristo. (Mt 8:31, 32; 9:33, 34; Mr 1:39; 7:26-30; Lu 8:2; 13:32.) Jesús otorgó este poder a sus doce apóstoles y a los setenta discípulos que comisionó, para que también pudiesen expulsar demonios en su nombre. (Mt 10:8; Mr 3:14, 15; 6:13; Lu 9:1; 10:17.)
Hoy en día la influencia demoníaca no es menos manifiesta; sigue siendo cierto que “las cosas que las naciones sacrifican, a demonios las sacrifican”. (1Co 10:20.) En el último libro de la Biblia, la “revelación por Jesucristo, que Dios le dio, para mostrar a sus esclavos las cosas que tienen que suceder dentro de poco” (Rev 1:1), se da una advertencia profética respecto a la intensificación de la actividad demoníaca que habría sobre la Tierra, al decir: “Hacia abajo fue arrojado el gran dragón, la serpiente original, el que es llamado Diablo y Satanás, que está extraviando a toda la tierra habitada; fue arrojado abajo a la tierra, y sus ángeles [demonios] fueron arrojados abajo con él. [...] A causa de esto, [...] ¡Ay de la tierra y del mar!, porque el Diablo ha descendido a ustedes, teniendo gran cólera, sabiendo que tiene un corto período de tiempo”. (Rev 12:9, 12.) También dice que las expresiones inmundas semejantes a ranas, “son, de hecho, expresiones inspiradas por demonios, y ejecutan señales, y salen a los reyes de toda la tierra habitada, para reunirlos a la guerra del gran día de Dios el Todopoderoso”. (Rev 16:13, 14.)
Por lo tanto, los cristianos deben luchar tenazmente en contra de esas fuerzas espirituales inicuas. Al comentar que no basta con solo creer, el discípulo Santiago dijo: “Tú crees que hay un solo Dios, ¿verdad? Haces bastante bien. Y sin embargo los demonios creen y se estremecen”. (Snt 2:19.) Pablo advirtió: “En períodos posteriores algunos se apartarán de la fe, prestando atención a expresiones inspiradas que extravían y a enseñanzas de demonios”. (1Ti 4:1.) No es posible comer de la mesa de Jehová y al mismo tiempo alimentarse de la mesa de los demonios. (1Co 10:21.) Por consiguiente, hay que luchar con firmeza en contra del Diablo y sus demonios, “contra las fuerzas espirituales inicuas en los lugares celestiales”. (Ef 6:12.)

¿Qué eran los “demonios” para los griegos a quienes Pablo predicó?

El uso dado hasta aquí al término “demonio” es restringido y concreto si se compara con la noción que tenían los filósofos de la antigüedad y el uso que se dio a este vocablo en el griego clásico. El Theological Dictionary of the New Testament (edición de G. Kittel, vol. 2, pág. 8) dice a este respecto: “El significado del adjetivo dai·mó·ni·os, destaca con toda claridad la peculiar concepción griega de los demonios, pues designa todo aquello que se halla más allá de las posibilidades humanas y que puede retrotraerse a la intervención de poderes superiores, tanto en lo que respecta al bien como en lo que se refiere al mal. Para los escritores precristianos, dai·mó·ni·on, tenía el sentido de lo ‘divino’” (traducción al inglés de G. Bromiley, edición de 1971). En una discusión que sostuvieron con Pablo los filósofos epicúreos y estoicos, dijeron de él: “Parece que es publicador de deidades [gr. dai·mo·ní·ōn] extranjeras”. (Hch 17:18.)
Cuando Pablo se dirigió a los atenienses, empleó una forma compuesta del griego dái·mōn, al decir: “Parecen estar más entregados que otros al temor a las deidades [gr. dei·si·dai·mo·ne·sté·rous; ‘más supersticiosos’, Vulgata latina]”. (Hch 17:22.) En un comentario sobre esta palabra compuesta, F. F. Bruce dice: “El buen o mal sentido de esta expresión se determina por el contexto. De hecho, es tan ambigua como la palabra ‘religiosos’ [...] que en un contexto como este sería mejor traducir por ‘muy religiosos’. No obstante, traducirla por ‘supersticiosos’ [como hacen Scío y Val, 1909] no es del todo inexacto; para Pablo, aquella religión era fundamentalmente supersticiosa, como también lo era —aunque sobre otra base— para los epicúreos”. (The Acts of the Apostles, 1970, pág. 335.)
Cuando Festo se dirigió al rey Herodes Agripa II, le dijo que los judíos habían tenido ciertas disputas con Pablo respecto a su propia “adoración de la deidad [gr. dei·si·dai·mo·ní·as; ‘superstición’, Vulgata latina]”. (Hch 25:19.) A propósito de esta palabra, F. F. Bruce comentó que “podría traducirse sin ambages por la palabra ‘superstición’ [como hacen BR, NC, Scío, TA y Val, 1909]. El adjetivo correspondiente tiene la misma ambigüedad que en Hechos 17:22”. (Commentary on the Book of the Acts, 1971, pág. 483.)


Fuente: Perspicacia para comprender las escrituras T. 1